Robert Redford, figura clave del cine estadounidense del siglo XX, murió este martes a los 89 años, dejando tras de sí un legado que desbordó las fronteras de Hollywood. Actor, director y promotor incansable del cine independiente, Redford no solo encarnó al galán clásico, sino que también fue un rebelde con causas claras y urgentes: el medioambiente, los pueblos originarios y la libertad creativa. Desde temprano, entendió que la fama era solo una herramienta para abrir espacios más auténticos dentro de una industria dominada por las fórmulas de siempre.
Nacido en Santa Mónica en 1936, su adolescencia fue turbulenta: coqueteó con la delincuencia juvenil y fue expulsado de la universidad por abuso de alcohol. Sin embargo, la muerte de su madre lo llevó a un viaje por Europa que transformó su mirada sobre el arte y la vida. En París y Florencia encontró en la pintura una salida, pero al volver a Estados Unidos se matriculó en la Academia de Arte Dramático. Su talento no tardó en abrirle puertas en teatro y televisión, donde compartió pantalla en series icónicas como Perry Mason y Dr. Kildare. A partir de entonces, comenzó a forjarse una carrera que desmentía su estampa de “rubio perfecto de Malibú”.
El salto al cine no fue inmediato ni sencillo. Su debut en 1960 pasó desapercibido, pero Barefoot in the Park, junto a Jane Fonda, lo consolidó como actor. La fama internacional le llegó con Butch Cassidy and the Sundance Kid, gracias en parte al respaldo de Paul Newman, con quien formó una de las amistades más entrañables y memorables de la industria. De hecho, las bromas entre ambos —como aquel Porsche convertido en chatarra— son ya parte de la mitología hollywoodense.
Como director, su consagración llegó con Ordinary People, que le valió el Oscar en 1981. Poco después, fundó el Instituto Sundance, semillero vital del cine alternativo. A través de su festival homónimo, Redford se convirtió en padrino de nuevas voces narrativas, apostando por miradas fuera del centro hegemónico. Vivía en Utah desde los años 60, donde combinaba su trabajo artístico con la defensa del entorno natural. Así, el actor que pudo haberse quedado en el estereotipo del galán, eligió ser algo más: un testigo incómodo, un aliado, y un creador de caminos.





