Miley Cyrus volvió a poner sobre la mesa el costo emocional de la fama al revelar que fue de las primeras en contactar a Chappell Roan cuando la cantante comenzó a hablar públicamente del acoso que enfrenta. En ese sentido, la exestrella de Disney explicó que su reacción nace de una ética personal: proteger a quienes percibe vulnerables dentro de una industria que muchas veces normaliza el hostigamiento. Además, recordó que su propio recorrido estuvo acompañado por figuras como Dolly Parton o Joan Jett, redes de apoyo que hoy busca replicar con nuevas artistas.
El gesto no ocurre en el vacío. Por otro lado, Roan atraviesa un ascenso meteórico que la llevó de circuitos alternativos a encabezar rankings pop, una exposición que vino acompañada de dinámicas invasivas. De hecho, la artista ha denunciado episodios de fans que cruzan límites físicos y emocionales, así como persecuciones persistentes por parte de paparazzi, tensionando la idea de celebridad accesible frente al derecho básico a la intimidad.
Uno de los momentos más comentados ocurrió en París, donde Roan se grabó rodeada de fotógrafos mientras intentaba cenar. En ese contexto, expresó sentirse “ignoradas como persona”, subrayando que había pedido reiteradamente que dejaran de seguirla. Asimismo, su decisión de filmar invirtió la lógica habitual: la celebridad observa a quienes la observan, evidenciando la violencia normalizada en ese intercambio.
Las reacciones no tardaron en aparecer. Por su parte, Boy George intervino con un tono que generó controversia, sugiriendo que “los límites son aburridos” y que la cantante debería “animarse”. Sin embargo, sus palabras fueron cuestionadas por quienes ven en ese discurso una minimización de las demandas de autonomía, especialmente cuando se trata de mujeres y artistas queer que históricamente han debido negociar su visibilidad en condiciones desiguales.





