Rosalía ha vuelto a sacudir el panorama musical con Lux, un disco que no solo rompe con sus trabajos anteriores, sino que marca un antes y un después en su carrera. Desde el primer minuto, la catalana se aleja de los códigos que definieron a Motomami o El mal querer, para adentrarse en un territorio mucho más íntimo, espiritual y, sobre todo, arriesgado.
En esta nueva entrega, la artista apuesta por una narrativa dividida en cuatro movimientos, cada uno con un carácter propio, como si de una sinfonía se tratase. A lo largo de 18 canciones, traza un recorrido que va de lo terrenal a lo sagrado, explorando temas como el duelo, la redención y la conexión con lo divino. Además, su decisión de cantar en 13 idiomas distintos no es un simple alarde técnico: cada lengua funciona como un símbolo de apertura, como un gesto poético hacia lo universal.
Por otro lado, el álbum no esquiva lo personal. Algunas letras se leen como declaraciones, otras como reproches velados a antiguas parejas, y muchas, como manifiestos dirigidos a mujeres que atraviesan rupturas o búsquedas internas. A través de esto, Rosalía construye un discurso de poder y sensibilidad que se apoya tanto en lo lírico como en lo sonoro.
En cuanto a colaboraciones, el disco cuenta con nombres de peso: Björk, Estrella Morente, Carminho, Yves Tumor o Silvia Pérez Cruz aportan matices únicos a un álbum que no teme cruzar fronteras estéticas. Asimismo, la participación de la London Symphony Orchestra da una textura cinematográfica y grandiosa a varias de las piezas.
Finalmente, Lux no se limita al formato digital. La versión en vinilo incluye tres canciones adicionales que expanden aún más el imaginario del álbum. Rosalía, en este proyecto cocinado durante tres años, se entrega al estudio meticuloso de lo fonético y lo simbólico, dejando claro que su interés no está solo en lo sonoro, sino en lo conceptual.

