Con el fuego como herramienta de protesta, las mujeres iraníes vuelven a desafiar al régimen teocrático. Esta vez, lo hacen encendiendo sus cigarrillos con fotografías del líder supremo, Alí Jamenei, en un gesto cargado de simbolismo político y ruptura social. Así, un acto cotidiano y estigmatizado como fumar se convierte en una forma de resistencia que gana fuerza en redes sociales, a pesar de los apagones digitales y la censura estatal.
La tendencia se intensificó tras el asesinato de Omid Sarlak, joven que apareció en un video quemando la imagen de Jamenei y fue hallada muerta horas después. Desde entonces, otras figuras disidentes han replicado el gesto: Samad Porsche, perseguido y ahora en la clandestinidad, y el poeta Qasim Bahrami, quien fue detenido tras prender fuego a una foto del líder mientras recitaba un poema de protesta.
En paralelo, el deterioro económico y social que vive Irán desde diciembre ha encendido nuevas manifestaciones callejeras. Jóvenes, principalmente mujeres, se movilizan para denunciar la inflación, la falta de servicios básicos y las políticas misóginas. A pesar de la brutal represión —incluyendo asesinatos, detenciones arbitrarias y desapariciones—, las imágenes de mujeres quemando retratos del líder han logrado colarse en el debate internacional.
Las acciones simbólicas han evolucionado en los últimos años: quitarse el velo en espacios públicos, lanzar turbantes de clérigos o incluso desnudarse en universidades. De esta manera, la desobediencia se ha expandido incluso a las escuelas, donde alumnas fueron envenenadas en cadena tras participar en protestas, en una táctica de castigo colectivo aún sin responsables.
A esto se suma un contexto persistente de violencia institucionalizada contra mujeres: ejecuciones por supuestos asesinatos de sus parejas, violencias sexuales sistemáticas en centros de detención y represión a niñas desde los 12 años. En consecuencia, las protestas no solo denuncian al régimen, sino que evidencian una lucha por la vida misma.

