La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl no solo fue un despliegue musical, sino también una declaración cultural en uno de los escenarios más vistos del planeta. Así, durante casi catorce minutos, el artista puertorriqueño transformó el estadio en una postal viva de la cotidianidad caribeña, combinando símbolos rurales y urbanos para hablar de identidad, pertenencia y comunidad. Además, lejos de buscar neutralidad, el show abrazó el español, el reguetón y una estética latina que suele ser marginada en eventos de esta magnitud. En ese sentido, la apuesta fue clara desde el primer segundo.
El recorrido visual comenzó en una plantación de caña y avanzó hacia calles llenas de comercio informal, juegos de dominó y escenas barriales. Luego, la narrativa se desplazó a “la casita”, ese espacio doméstico que Bad Bunny ha convertido en emblema frente a la gentrificación y el desarraigo. Mientras tanto, figuras del espectáculo aparecieron como visitantes más, sin robar protagonismo a una puesta en escena que priorizó lo colectivo por sobre el brillo individual. De este modo, el espectáculo se sintió cercano incluso dentro de su enorme escala.
La música funcionó como hilo político sin necesidad de discursos explícitos. Por ejemplo, canciones como “El Apagón” y “Lo que le pasó a Hawaii” expusieron heridas abiertas de Puerto Rico: la precariedad energética, el colonialismo y la amenaza constante de perder territorio y memoria. A la vez, la presencia de la bandera con el triángulo azul claro reforzó un posicionamiento independentista que incomodó a sectores conservadores. No por casualidad, el mensaje final apeló a una América plural, tejida desde la diversidad.
Esa incomodidad tuvo una respuesta inmediata desde la política institucional. De hecho, Donald Trump reaccionó con dureza en redes sociales, calificando el show como ofensivo y carente de valor, criticando tanto el idioma como los ritmos elegidos. En contraste, Bad Bunny optó por no responder directamente y dejó que su consigna “Juntos somos América” hablara por sí sola. Así, el cruce evidenció dos miradas opuestas sobre quiénes tienen derecho a representar el imaginario estadounidense.

