Frameline, el festival de cine LGBTIQ+ más antiguo del mundo, abrirá su temporada número 50 con un homenaje al cineasta John Waters, figura clave del cine independiente queer. El evento tendrá lugar el 17 de marzo en el histórico Castro Theatre de San Francisco, donde Waters recibirá el Frameline Award, reconocimiento que la organización otorga a personas o colectivos que han dejado una marca profunda en la representación LGBTIQ+ en el cine, la televisión o las artes mediáticas. Este regreso marca también la primera actividad de Frameline en el Castro tras dos años de pausa.
La ceremonia incluirá una proyección especial de Serial Mom (1994), comedia negra dirigida por Waters, con comentarios en vivo del propio director y de Peaches Christ, artista drag y referente de la escena queer californiana. Con esta dupla, se espera una noche tan desbordante como irreverente, fiel al espíritu de una filmografía que ha hecho del exceso una herramienta política y estética.
Waters comenzó su carrera en Baltimore, su ciudad natal, donde creó una serie de películas transgresoras junto a su amiga y musa Divine. Producciones como Pink Flamingos o Female Trouble se convirtieron en íconos del cine underground, celebradas por su humor grotesco, su crítica social y su desprecio absoluto por las normas del decoro. Desde entonces, su trabajo se ha vuelto sinónimo de “mal gusto” en clave liberadora.
A finales de los 80, el director logró alcanzar audiencias más amplias con títulos como Hairspray y Cry-Baby, sin renunciar del todo a su mirada excéntrica. Serial Mom, protagonizada por Kathleen Turner, consolidó su estilo: sátira feroz, personajes al borde del absurdo y una sensibilidad queer siempre latente. No obstante, su última película, A Dirty Shame (2004), no logró el mismo impacto, marcando el cierre de su etapa como director.
En las últimas dos décadas, Waters se ha dedicado principalmente a la escritura, con libros como Role Models y Carsick, donde sigue explorando sus obsesiones: lo marginal, lo escandaloso y lo inesperadamente tierno dentro del caos. Para él, celebrar el mal gusto no es un gesto superficial, sino una declaración estética que desafía lo normativo desde el placer.

