Demna Gvasalia ha elegido romper esquemas desde el primer momento. Su debut como director creativo de Gucci no llegó con el clásico desfile en Milán, sino con un lookbook titulado La Famiglia, una serie de retratos fotografiados por Catherine Opie que mezcla teatralidad, ironía y herencia. En lugar de la pasarela, la propuesta se presenta como un álbum familiar donde cada figura encarna una faceta del universo Gucci, desde la influencer hasta la femme fatale.
A través de estos personajes, Gvasalia plantea una reflexión sobre la identidad de la marca. Figuras como La Incazzata con un abrigo rojo vibrante, o L’Archetipo, una maleta que evoca los inicios de Gucci en la marroquinería, narran un linaje donde el pasado no es un ancla, sino una brújula. La colección oscila entre lo grandilocuente y lo íntimo, entre plumas maximalistas y trajes de baño minimalistas, en una lectura personal del concepto de sprezzatura —esa elegancia italiana que parece casual, pero no lo es.
En este contexto, Gvasalia retoma íconos históricos como el bolso Bamboo de 1947 o el mocasín Horsebit de 1953, aplicando el monograma GG con una convicción absoluta que responde al lema «Todo o Nada». Los estampados Flora reaparecen en versiones nocturnas y sensuales, y la alta joyería refuerza un tono de lujo sin disculpas.
Esta estrategia estética no es solo una elección artística: responde a un momento crítico para la firma. Gucci atraviesa una caída del 25% en ventas y un relevo reciente en su dirección creativa. Gvasalia, tras revitalizar Balenciaga, busca ahora reformular qué significa ser Gucci hoy, planteando esta colección no como una respuesta definitiva, sino como una base sobre la que construirá su narrativa.
Mientras tanto, el primer desfile oficial está programado para febrero, y aunque Gvasalia afirma que aún está definiendo su visión, La Famiglia deja claro que no le teme a la contradicción ni al exceso. En su lectura, Gucci puede ser muchas cosas a la vez —y quizás ese sea el punto.

