Banderas arcoíris, música y una marea humana llenaron las calles de Budapest, desafiando abiertamente la prohibición impuesta por el gobierno ultraconservador de Viktor Orbán. Más de 140.000 personas —según cifras de organizaciones independientes— participaron en la Marcha del Orgullo, convirtiéndola en un acto masivo de resistencia frente a las políticas anti-LGBTIQ+ que endurece el Ejecutivo húngaro desde hace años. A pesar de los intentos por frenar la convocatoria, la respuesta social fue histórica.
La movilización se desarrolló bajo un sol abrasador, extendiéndose desde la municipalidad hasta ambos márgenes del Danubio. El recorrido, que habitualmente tomaría unos 20 minutos a pie, se transformó en una caminata festiva de casi cuatro horas. Lejos de intimidar, la amenaza de sanciones —que incluyen multas cercanas a los 500 euros y hasta un año de cárcel para quienes organizaran o promovieran la marcha— solo sumó más adhesiones, muchas de ellas de personas que asistían por primera vez.
Entre quienes se sumaron, hubo voces como la de Zoltan, de 66 años, que confesó estar «orgulloso y asustado a la vez», o la de Barnabás, un joven del interior que remarcó que “sabe lo que es sentirse un paria en su propio país”. Del mismo modo, decenas de eurodiputades y diplomáticos europeos desafiaron la prohibición, sumando su presencia a un evento que trascendió las fronteras de la comunidad LGBTIQ+ y se convirtió en un símbolo de defensa de los derechos humanos.
Mientras la policía se limitaba a observar, rodeada de cámaras con reconocimiento facial instaladas para identificar manifestantes, Orbán asistía a una ceremonia policial, insistiendo en que “el orden no surge por sí solo”. Sin embargo, en el corazón de Budapest la ciudadanía le respondía con humor y desafío: pancartas que caricaturizaban al primer ministro con maquillaje y mensajes como “Estoy harta del fascismo” ocuparon el espacio público.
El alcalde progresista de Budapest, Gergely Karacsony, fue una de las figuras centrales del día. Defendió que la marcha, al ser organizada por el ayuntamiento, no requería autorización policial, dejando claro que la ciudad no se doblega ante la censura. “Gracias, Orbán, por ayudarnos a construir una sociedad más tolerante”, ironizó en sus redes. Y es que, lejos de fracturar, la prohibición terminó generando uno de los actos de resistencia más multitudinarios de la última década en Hungría.

