Las alarmas se encendieron en Tesla tras una abrupta caída del 13% en las entregas del primer trimestre de 2025, la peor en la historia de la compañía. Con apenas 337.000 vehículos distribuidos, la firma de Elon Musk enfrenta un panorama sombrío. Mientras tanto, su rival chino BYD continúa ganando terreno, captando a una clientela cada vez más escéptica del modelo Tesla.
A la par, el propio Musk ha contribuido al desgaste de la marca. Su vinculación con la administración de Donald Trump, a través del programa DOGE para recortes federales, ha generado boicots y protestas globales. Clientes y sindicatos cuestionan que Musk desvíe tiempo y recursos hacia ambiciones políticas, en lugar de gestionar una empresa que, hoy por hoy, pierde valor a pasos acelerados.
Como resultado, voces críticas emergen desde dentro y fuera del ecosistema financiero. Ross Gerber, antiguo aliado de Musk, ha pedido públicamente su salida como CEO, asegurando que la marca está «rota». Incluso desde los fondos de pensiones públicos llegan advertencias: la presidenta del sindicato de docentes, Randi Weingarten, exhortó a revisar inversiones vinculadas a Tesla por los riesgos que representa la conducción actual de la empresa.
Simultáneamente, el entorno se torna cada vez más hostil. Musk apostó fuerte en campañas electorales conservadoras —como la de la Corte Suprema de Wisconsin— sin resultados. Perdió millones y cosechó burlas tras un mitin fallido en el que buscó comprar apoyo con cheques millonarios. Pese a ello, sigue siendo el hombre más rico del mundo, aunque su fortuna se ha reducido en más de US$100.000 millones este año.
En paralelo, los intentos desesperados por reflotar Tesla han incluido intervenciones del gobierno y amenazas judiciales contra quienes dañen sus autos, acciones que expertos legales consideran excesivas. Lejos de calmar las aguas, la estrategia ha ahuyentado a consumidores progresistas, históricamente leales a la marca.
Finalmente, ni los sombreros de queso ni las alianzas MAGA parecen suficientes para revertir el declive. La fidelidad del mercado ya no se compra solo con promesas futuristas.